No hay nada mejor que querer y ser querido. Se trata de un sentimiento recíproco que se manifiesta en la práctica, y cuando aquello se da, se es feliz. Asimismo, no hay nada peor que querer y no ser querido. El sentimiento está, y en el fondo es el mismo: amor. Pero como vemos su contexto es diferente, y genera un posicionamiento emocional diferente. ¿Pero por qué, cuando ese sentimiento no es correspondido, de diferentes maneras, lo manifestamos en escritos, dejando huellas de dolor como menciona el historiador francés? Creo que se debe a la esencia del sentimiento en cuestión. El amor, parafraseando a Ortega y Gasset, es movimiento, es acción, es actividad. Se demuestra, se vive, se actúa. Estamos hablando de un amor recíproco, donde existe un dinamismo mutuo; ambos se buscan, ambos se abrazan, se besan y acarician; en definitiva, ambos juegan y actúan el amor. El amor recíproco es acción, así se manifiesta, así se da a conocer. Amor y pasividad son antónimos. Es así como se da el fenómeno que Corbin reconoce, esa insistente manifestación de pena cuando de amor se trata, pues ese sentimiento melancólico una de las formas que tiene de ser liberado es escribiéndolo. Escribir sobre amor cuando éste es recíproco, es, desde mi perspectiva, estar perdiendo el tiempo ¡el amor se vive!
Sin duda el mejor ejemplo es uno mismo ¿les ha pasado? ¿Qué necesidad existe de manifestar el amor recíproco cuando eso se realiza en la práctica? Pues por eso pasa lo contrario con el amor no correspondido, pues falta la práctica y reina la acción por su ausencia.
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(“interlocutora”). Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires 2004. p. 99.
Nadie vio que algún habitante negro del reino Negro haya secuestrado a la reina, pero se trataba de su máximo enemigo, era lógico por donde se le mire, ellos fueron. El Blanco Rey ordenó una nueva invasión, y dos propósitos tenía en mente: recuperar a su amada y destruir para siempre al reino Negro. Todo estaba listo, sólo había que partir; en eso llega un extraño, uno que no era habitante del reino Blanco ni del reino Negro, pues su ropaje muchos colores tenía. El extraño gritando le habló al Blanco Rey: “¡Su majestad, usted y todos sus súbditos se equivocan, no es su eterno enemigo el que se ha llevado a la Blanca Reina, sino un hombre con desconocidos para todos ustedes! Yo lo vi, tenía dreadlocks, pintados con color rojo. Lo notable es, su majestad, que su amada no estaba encerrada en una celda de oro o de fierros oxidados, sino la hermosa mujer se encuentra atrapada en su oreja, en la carne de aquel desconocido”.
En un bosque algo ya cotidiano, se encontró con un Payaso, un amigo, un gran amigo. Lo abrazó y algo le comentó, y éste, con esa mirada enferma un poema le regaló…
“En el jardín que parece un
abismo
la mariposa llama la atención:
interesa su vuelo recortado
sus colores brillantes
y los círculos negros que
decoran las puntas de las alas.
Interesa la forma del
abdomen.
Cuando gira en el aire
iluminada por un rayo verde
como cuando descansa del
efecto que le producen el rocío del
polen
adherida al anverso de la flor
no la pierdo de vista
y si desaparece
más allá de la reja del jardín
porque el jardín es chico
o por exceso de la velocidad
la sigo mentalmente
por algunos segundos
hasta que recupero la razón”(*)
Fue azar, pero me llegó, me interpretó. Payaso enfermo, gracias por otro momento de reflexión, esta vez, inconcientemente.
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*: “Mariposa”, Nicanor Parra.
Y ahí están los dos, viviendo una pequeña complicidad que luego florecerá, pues el comienzo de algo, de un todo y un nada a la vez. Se acarician, y ella en la mejilla lo besa; ¿pero sabrán el futuro que les espera? El cercano sin lugar a dudas es feliz, lleno de cumplidos, declaraciones, lleno de abrazos, de besos… lleno de reciprocidad. En el transcurso del puente construido, cada uno sabe el nivel de sinceridad con el que está obrando. Es un futuro inmediato lo más cercano en cuanto a su sabor, a su gusto, a la primavera o a un verano; lo cierto es que ahí está, es el sol y está brillando fuerte, entrega calor. Pero un año son cuatro estaciones, donde dos estados de temperaturas, esencialmente, se manifiestan: calor y frío. En efecto, este futuro inmediato, el presente que constantemente se vive, es el calor, ¿y el frío? ¿Acaso ellos dos saben que al sol a veces lo topan nubes, cubriéndolo todo con un leve gris melancolía? ¿Lo sabrán? Están ahí, a los pies de un árbol, disfrutando del otro. ¿Y si les cuento que el otoño o el invierno se acerca?
Pero no, las cosas no suceden con naturalidad. El sol está allá arriba brillando en sus vidas porque ellos quisieron que así sea. Ellos dos se miraron, se hablaron y se gustaron; ellos dos se eligieron y en el cielo colgaron un sol. Evidentemente que cada uno tiene su concepción del cómo sucedió: destino y azar, con algo de pensar. Da igual en el fondo, pues lo concreto es que fue con soberana libertad; elegirse el uno al otro fue la máxima expresión de libertad, su esencia misma.
¿Y dónde queda el frío? El frío está en ellos, y llegará y se sentirá cuando ellos, o cuando uno de ellos quiera que se presente con sus nubes y con sus lluvias, olvidando las palabras que de su boca ,cuando arriba reinaba el sol y con su luz brillaba, salieron. Llegará la confusión, la incoherencia, el desamor, el rencor, la rabia y todo eso, los que por este proceso han pasado bien lo saben
Toda búsqueda de distracción es en vano, pues dura muy poco. Al contrario con lo que te pasa a ti conmigo, tú en mí aún permaneces. Busco música para anestesiar por un momento mis emociones. Toda canción me habla de ti. Todas me invitan a viajar entorno a tu belleza; recorrido que no percibes, o quizás sí, pero que no tienes la intención de hacer recíproco.
Siempre recordamos. Diversos “elementos” nos ayudan a realiza ese viaje al pasado en nuestras mentes, que nos permiten volver a sentir aquello que se sintió en algún momento. Un olor, un lugar, un árbol, una música, amigos, un poema, unas caricias, etc. Cuando ese algo se da, despierta ese recuerdo que no está muerto, porque en nosotros vive. Podemos estar muy sumergido en nuestro contexto actual, estudiando, jugando a la pelota o al tenis, yendo a comprar el pan, conversando con amigos, etc., pero si algún elemento que despierta recuerdos se presenta, ese perfume que ella usaba o la música que en algún momento ella dedicó no nos podemos resistir, pues inevitablemente se realizará ese viaje virtual al pasado, reviviendo, aprehendiendo nuevamente esos momentos de tierna reciprocidad; claro está, desde una triste individualidad.
Podemos pensar entonces que los recuerdos se dan por instantes, sólo cuando llega eso que hace recordar o cuando simplemente nos tiramos en el pasto y por propia voluntad queremos visitar por un corto rato el pasado; ¿pero qué pasa cuando todo, o casi todo me evoca tu persona? Estamos ante un recuerdo permanente y constante, casi enfermizo.
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(*): Leer advertencia; costado derecho del blog.
Con un frío beso se despidió; aún no me bajaba del carro y ya ella, mientras sonaba la luz roja del recuerdo, se subía en otro.
Ya está una relativa ubicación geográfica, informal por cierto, como me gusta. Establezcamos algunas convenciones. Su inicio por ejemplo; éste será por el extremo de Vicuña Mackena, al frente de un Telepizza. El final, por ende, será hacia la cordillera, en la calle del Puente del Arzobispo.
Dado su inicio, veamos. Éste, el parque, comienza muy angosto, con pasto solamente, que poco a poco al avanzar hacia el este se va ensanchando. Ya cuando tiene un ancho algo considerable, nace una especie de plataforma, a la cual se llega subiendo unas escaleras no con muchas escalas. En dicha plataforma hay un obelisco, no tan grande como el de Buenos Aires que conozco por fotos solamente, pero me imagino que es más grande: es argentino. Al frente del obelisco hay una estatua, la de don José Manuel Balmaceda, presidente de Chile entre los años 1886 y 1891. Llegó al poder en los términos establecidos en aquel entonces, democráticamente se podría decir; no obstante, se retiró del mismo en el contexto de una terrible guerra Civil, en la cual murieron muchos chilenos, más que en
No muchos le llama así, más bien casi nadie. A mí por ejemplo, siempre se me confundía con el parque Bustamante. Pues claro, aquel sector era más bien: “vamos pa’ Salvador”, o: “al frente de
Volviendo, detrás del presidente que se suicidó un 19 de septiembre de 1891, en la embajada de EE.UU., hay una especie de pileta que en ambos lados continúa el camino para recorrer el parque; dos caminos llenos de banquitas. Ahora que recuerdo bien, me parece nunca haber visto esa pileta con agua. Es larga y angosta, como el parque mismo. A continuación de la seca fuente sigue un área con pasto y siempre con árboles alrededor. Ese sector es algo así, para mis recuerdos y emociones, como un “Monumental, el Monumental del 4to A
Siguiendo hacia el fin del parque, sigue otra zona que un par de veces también ocupamos de cancha de fútbol. Normalmente, si se recorre en una tardecita con Sol, se puede ver a varias parejas demostrándose ese sentimiento recíproco que es tan rico vivir; ya sea tirados en el pasto o sentados en las tantas bancas que en aquel parque hay. Por ese mis sector, en el costado derecho siguiendo el sentido de nuestro viaje virtual, hay un museo, o una sala de exposición… la verdad no sé bien lo que es. Es rojo, y se encuentra construido en un hoyo. Afuera de éste hay un trozo de un tajamar del Mapocho, colocado, creo yo, hace poco.
Continuando el camino, aparece otra pileta, muy parecida a la primera que está detrás del presidente Balmaceda. Ésta sí la he visto con agua… hasta una pelota de fútbol se nos ha bañado en ella. Luego viene un estacionamiento de autos, que en su costado izquierdo nace un puente para cruzar el Mapocho; un puente delgado y en curva. Después de este pequeño estacionamiento sigue el pasto y los árboles, que de repente entre ellos aparece un café, no de uno con piernas, sino uno con libros: un café literario. Apto para una rica conversación en un frío día de otoño consumiendo un café caliente. En él se puede obviamente tomar café y leer, pero también conversar de la vida y del cómo revolucionar al mundo. Y así el parque continúa con su esencia: pasto y árboles. Los caminos para recorrerlos van tomando curvas. De pronto, veremos un bloque de ladrillos antiguos, que son nada menos que un pedazo de los antiguos tajamares del Mapocho. Cerca de éste hay un árbol, en el cual hay una serie de rayados hechos con corrector; yo y un par de amigos pusimos en él un aviso de utilidad pública, sacando a colación al infaltable Pradenas. Es ahí donde una niña le hizo un corte a mi eterna corbata del Lastarria; ese típico corte donde se dejan la punta delgada de las corbatas, de recuerdo. Un lindo momento. Detrás de aquel árbol está el metro Salvador; y se termina el pasto, y con ello se acaba el parque.
Pues así es: entre Baquedano y Salvador hay un parque, el parque Balmaceda, mi parque de los mil recuerdos. Y ayer lo caminé, y ayer recordé: miles de tallas, decenas de pichangas, varias caminatas, muchas conversaciones, un par de peleas (pero siempre como observador), bebidas tomadas, chuchadas echadas, goles convertidos, risas varias, complicidades por montón y sólo una chica besada. Un lindo lugar para recordar por siempre.
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